De ser la imagen común, la voz conocida, los gestos y ademanes que se adivinan. La convivencia del día a día.

Las calles conocidas, los lugares comunes, las risas de diversión, el enojo compartido, la rabia contenida, el enfado, y a veces, aunque no siempre, los mismo ideales.

Amigos, la gente común, el círculo angosto o ancho, depende.

El patio de arena, el fútbol, la lucha libre, el box, el primer cigarro, el primer beso, la primera borrachera, las múltiples peleas, la confidencia, la traición perdonada, el “paro de compas”, el “tiro de compas”, tan común que parece que nada lo altera.

Pasa el tiempo, el agua no se queda siempre en las manos que como cántaro la recibieron. La que no se bebe se derrama, máxima ferrasniana inobjetable.

Así como el agua se diluye entre nuestras manos, así se diluyen los lugares comunes, los tan cercanos amigos.

Mientras busco una excusa razonable, para decir porqué no he llamado, porque no fui a la fiesta, no parrandee esta vez allá, también escucho excusas razonables de porque no fue a la fiesta, porqué no ha llamado, y porque no me acompañó en la parranda reciente.

Escuela, cambio de casa, trabajo, novias, esposa (s), hijos, jubilación, asilos distintos, enfermedades reumáticas que te condicionan al buen clima, escojo una y la digo.

La verdad es sencillamente vivir, caminar, conservar los amigos de siempre es síntoma de estar quietecito, no haberse movido.

 

Yo, como la mayoría, me gasté los amigos nomás con vivir, desde aquellos con los que compartía el lonche en los primeros años escolares, aquellos con lo que formé pandillas de fantasía, o los otros con los que nos íbamos de pinta para jugar fútbol, luego el cine y cada oveja con su pareja. Los amigos con los que uno empieza a debatir aquellos ayeres en que uno es joven y comunista, luego los amigos de golpes de madurez, de cachetadas de la vida que nos ubican y recordamos lo individualista del ser humano y ya no somos comunistas, esperamos una jubilación que no llega, y de repente llega y otra vez caras conocidas, amigos con charlas de café, con ellos ni hace falta una excusa, pues vemos como lentamente se van apagando, los viejos así somos, poco a poco nos despedimos de la vida, sin excusas ni pretextos.

Algunos prefieren decir que a través de la vida han ido acumulando amigos, los de la infancia, la adolescencia, y así van sumando alegremente. Yo gasté a los amigos, disfrutamos épocas y trasnochadas, platicas interminables, pero lo de ayer ya no es lo de hoy, ahora no podría tener un charla de amigos con aquellos que ya veo diluidos en el paso del tiempo. Nos hemos encontrado en las redes del Internet, y ahí están agregados y abandonados, su vida me es tan importante como la mía para ellos, o sea “que gusto saber que estas vivo”.

Hoy por lo pronto me quedo en el asilo, decidí no ir a la reunión de actualización, y no daré una excusa razonable, o quizá sea la mejor excusa: “he vivido y seguí mi camino”.